"La Dama de Shalott" es un poema de Lord Alfred Tennyson, (1809-1892), escritor en la Inglaterra victoriana, en la que se reinterpreta (MUY libremente) una antigua leyenda artúrica, "Ellaine de Astolat", personaje trágico muy valorado por la corriente romántica del siglo XIX, que se suicida por su amor no correspondido al caballero Lanzarote. El vídeo es mi pequeño homenaje a todos aquellos artistas decimonónicos inspirados en este personaje y por otros de las historias del Rey Arturo. Desde Waterhouse, paladín del medievalismo fantástico, a quien pertenece la primera mitad del vídeo, hasta otros pintores de la escuela prerrafaelista y académica, pasando por ilustradores del siglo XIX y el XX, todos ellos miran hacia el mundo de la Edad Media en su afán de escapar de la realidad.
En "La Dama de Shalott" de Tennyson, la mujer es un ser casi féerico que vive una existencia solitaria, encerrada en una isla cercana a la corte del rey Arturo, río abajo, en Camelot. Un hechizo la ha condenado a no poder mirar al mundo directamente, ni a tener ningún contacto con él: su única tarea consiste en observar el exterior a través de un espejo mágico, y de tejer en un tapiz todo aquello que ve a través de él. Finalmente se enamora del reflejo de Lanzarote y, aún consciente de la maldición, decide asomarse a la ventana y mirarle, condenándose a muerte. El cuerpo de la Dama es llevado por la corriente del río, tendido en un bote, hasta las puertas de Camelot.
1º Parte
A ambos lados del río se extienden largos campos de cebada y centeno, que arropan la tierra encontrándose con el cielo,y a través de la campiña el camino discurre hacia la amurallada Camelot. Y arriba y abajo la gente pasea, contemplando con atención cómo, allá abajo, los lirios mecidos por el viento rodean la isla de Shalot..
Los sauces palidecen, tiemblan los álamos, la brisa leve del atardecer tirita sobre las eternas ondas que discurren alrededor de la isla, en el río que fluye hacia Camelot. Cuatro murallas grises y cuatro grandes torreones, desde los que se divisa el campo florecido, y a la isla silenciosa que encierra a la Dama de Shalott.
Por la orilla, oculta entre los sauces, se deslizan pesadas barcazas arrastradas por lentos caballos, y sin ser saludadas, navegan, con sus inquietas velas de seda, rozando la superficie, hacia Camelot. Pero ¿alguien la vio saludar con la mano? ¿O permanecer de pie junto a la ventana? ¿Hay alguien que conozca, en todo el reino, a la Dama de Shalott?
Sólo los segadores, segando temprano por entre la cebada madura, escuchan una canción que resuena alegremente y serpentea con claridad río abajo, hacia la amurallada Camelot. Y a la luz de la luna, el cansado segador, apilando gavillas sobre las tormentosas cumbres, al escucharla, susurra, "Es el hada, la Dama de Shalott".
Allí teje día y noche un tapiz mágico con alegres colores. Ha oído rumores que dicen que una maldición caerá sobre ella si se atreve a mirar hacia Camelot. No sabe el porqué de esa maldición, y por eso teje sin cesar, y no tiene muchos más afanes, la Dama de Shalott.
Y moviéndose a través de un límpido espejo suspendido ante ella todo el año, sombras del mundo aparecen. Allí puede ver el camino próximo serpenteando hacia Camelot; Allí el río se arremolina y gira, y los toscos labriegos y las rojas capas de las vendedoras del mercado, pasan de largo ante Shalott.
A veces un grupo de alegres damiselas, un abad deambulando con paso silencioso, a veces un joven pastor de cabello rizado o un paje de larga melena vestido en carmesí, caminan hacia la amurallada Shalott. Y a veces, a través del azul de espejo, los caballeros pasan cabalgando en parejas. Ella nunca ha tenido un caballero fiel y leal, la Dama de Shalott.
Pero ella sigue deleitándose en su tapiz, tejiendo en él las mágicas visiones del espejo. A menudo, en las noches silenciosas un funeral con plumas, luces y música se dirige a Camelot. O cuando la luna está en lo más alto, aparecen dos jóvenes amantes recién casados. "Ya estoy harta de sombras", dijo La Dama de Shalott.
A un tiro de flecha del alero de su alcoba, él cabalgó entre los haces de centeno, el sol destellaba a través de las hojas y hacía brillar las grebas de bronce del intrépido Sir Lanzarote. En su escudo, un caballero cruzado eternamente arrodillado ante una dama, relucía en los amarillos campos próximos a la aislada Shalott.
Para el texto original : http://www.victorianweb.org/authors/tennyson/los1.html
Los sauces palidecen, tiemblan los álamos, la brisa leve del atardecer tirita sobre las eternas ondas que discurren alrededor de la isla, en el río que fluye hacia Camelot. Cuatro murallas grises y cuatro grandes torreones, desde los que se divisa el campo florecido, y a la isla silenciosa que encierra a la Dama de Shalott.
Por la orilla, oculta entre los sauces, se deslizan pesadas barcazas arrastradas por lentos caballos, y sin ser saludadas, navegan, con sus inquietas velas de seda, rozando la superficie, hacia Camelot. Pero ¿alguien la vio saludar con la mano? ¿O permanecer de pie junto a la ventana? ¿Hay alguien que conozca, en todo el reino, a la Dama de Shalott?
Sólo los segadores, segando temprano por entre la cebada madura, escuchan una canción que resuena alegremente y serpentea con claridad río abajo, hacia la amurallada Camelot. Y a la luz de la luna, el cansado segador, apilando gavillas sobre las tormentosas cumbres, al escucharla, susurra, "Es el hada, la Dama de Shalott".
Allí teje día y noche un tapiz mágico con alegres colores. Ha oído rumores que dicen que una maldición caerá sobre ella si se atreve a mirar hacia Camelot. No sabe el porqué de esa maldición, y por eso teje sin cesar, y no tiene muchos más afanes, la Dama de Shalott.
Y moviéndose a través de un límpido espejo suspendido ante ella todo el año, sombras del mundo aparecen. Allí puede ver el camino próximo serpenteando hacia Camelot; Allí el río se arremolina y gira, y los toscos labriegos y las rojas capas de las vendedoras del mercado, pasan de largo ante Shalott.
A veces un grupo de alegres damiselas, un abad deambulando con paso silencioso, a veces un joven pastor de cabello rizado o un paje de larga melena vestido en carmesí, caminan hacia la amurallada Shalott. Y a veces, a través del azul de espejo, los caballeros pasan cabalgando en parejas. Ella nunca ha tenido un caballero fiel y leal, la Dama de Shalott.
Pero ella sigue deleitándose en su tapiz, tejiendo en él las mágicas visiones del espejo. A menudo, en las noches silenciosas un funeral con plumas, luces y música se dirige a Camelot. O cuando la luna está en lo más alto, aparecen dos jóvenes amantes recién casados. "Ya estoy harta de sombras", dijo La Dama de Shalott.
A un tiro de flecha del alero de su alcoba, él cabalgó entre los haces de centeno, el sol destellaba a través de las hojas y hacía brillar las grebas de bronce del intrépido Sir Lanzarote. En su escudo, un caballero cruzado eternamente arrodillado ante una dama, relucía en los amarillos campos próximos a la aislada Shalott.
Para el texto original : http://www.victorianweb.org/authors/tennyson/los1.html
2º parte
Las enjoyadas riendas brillaban sueltas, semejantes a las constelaciones que vemos suspendidas sobre la dorada galaxia. Las campanillas de su brida repicaban con alegría mientras cabalgaba hacia Camelot. Y de su tahalí blasonado pendía un magnífico cuerno de plata, y mientras cabalgaba, su armadura repicaba junto a la remota Shalott.
En el cielo azul y despejado brillaba el suntuoso cuero de la silla de montar, el yelmo y la pluma del yelmo ardían juntas como una sola llama mientras cabalgaba hacia Camelot. Y a menudo, en la púrpura noche, bajo el brillo de las estrellas, la cola de algún rutilante cometa sobrevolaba la inmóvil Shalott.
Su amplia frente reflejaba la luz del sol, sobre cascos bruñidos su caballo de guerra avanzaba, bajo el yelmo flotaban sus rizos, negros como el carbón, mientras cabalgaba hacia Camelot. Y desde la ribera y la colina su figura apareció un instante sobre el cristal del espejo, "Tirra Lirra" junto al río cantaba Sir Lanzarote.
Ella dejó el tapiz, ella dejó el telar, ella dio tres pasos a través de la habitación, ella vio cómo florecían los nenúfares, ella miró el yelmo y la pluma, ella miró hacia Camelot. El tapiz se voló y se expandió ante ella, el espejo se partió de lado a lado, “La maldición ha caído sobre mí”, gritó la Dama de Shalott.
Los pálidos y amarillentos bosques se encogían, tensos, bajo el tormentoso viento del este, la ancha corriente lamentándose en su ribera, y las bajas nubes lloviendo pesadamente sobre la amurallada Camelot. Ella bajó hasta la orilla, allí encontró un bote dejado a flote bajo un sauce, y alrededor de la proa escribió: La Dama de Shalott.
Y sobre la superficie del agua turbia y oscura, como audaz vidente en trance, contemplando su terrible desgracia con la mirada vidriosa, se volvió hacia Camelot.
Y al terminar el día aflojó sus cadenas, y se tendió sobre el bote. La ancha corriente se la llevó muy lejos, la Dama de Shalott.
Tendida, con el vestido de nívea blancura flotando libremente a su alrededor, las hojas cayendo suavemente sobre ella, a través de los sonidos de la noche, navegó hacia Camelot. Y mientras la barca serpenteaba entre colinas de sauces y sembrados, la oyeron cantar su última canción, la Dama de Shalott.
Se oyó una melodía llena de congoja, bendita, cantada más alta, cantada más queda, hasta que su sangre se congeló lentamente, y sus ojos, oscurecidos por completo, se volvieron hacia la amurallada Camelot. Para cuando alcanzó, sobre la marea, la primera casa a orillas del río, cantando su canción, ella murió, la Dama de Shalott.
Bajo torres y balconadas, a través de galerías y jardines amurallados, una brillante figura, flotando en silencio, pálida como la muerte por entre las altas casas, se desliza dentro de Camelot. A los muelles salieron Caballero y Villano, Dama y Señor, y alrededor de la proa leyeron su nombre: La Dama de Shalott.
¿Quién es ésta? ¿Y que hace aquí? Y cerca, en luminoso palacio, se extinguió el sonido alegre de la Corte, y se santiguaron con temor todos los Caballeros en Camelot. Pero Lanzarote meditó durante unos instantes, diciendo: “Que rostro más hermoso, que Dios la tenga en su gloria a la Dama de Shalott.”.
Las enjoyadas riendas brillaban sueltas, semejantes a las constelaciones que vemos suspendidas sobre la dorada galaxia. Las campanillas de su brida repicaban con alegría mientras cabalgaba hacia Camelot. Y de su tahalí blasonado pendía un magnífico cuerno de plata, y mientras cabalgaba, su armadura repicaba junto a la remota Shalott.
En el cielo azul y despejado brillaba el suntuoso cuero de la silla de montar, el yelmo y la pluma del yelmo ardían juntas como una sola llama mientras cabalgaba hacia Camelot. Y a menudo, en la púrpura noche, bajo el brillo de las estrellas, la cola de algún rutilante cometa sobrevolaba la inmóvil Shalott.
Su amplia frente reflejaba la luz del sol, sobre cascos bruñidos su caballo de guerra avanzaba, bajo el yelmo flotaban sus rizos, negros como el carbón, mientras cabalgaba hacia Camelot. Y desde la ribera y la colina su figura apareció un instante sobre el cristal del espejo, "Tirra Lirra" junto al río cantaba Sir Lanzarote.
Ella dejó el tapiz, ella dejó el telar, ella dio tres pasos a través de la habitación, ella vio cómo florecían los nenúfares, ella miró el yelmo y la pluma, ella miró hacia Camelot. El tapiz se voló y se expandió ante ella, el espejo se partió de lado a lado, “La maldición ha caído sobre mí”, gritó la Dama de Shalott.
Los pálidos y amarillentos bosques se encogían, tensos, bajo el tormentoso viento del este, la ancha corriente lamentándose en su ribera, y las bajas nubes lloviendo pesadamente sobre la amurallada Camelot. Ella bajó hasta la orilla, allí encontró un bote dejado a flote bajo un sauce, y alrededor de la proa escribió: La Dama de Shalott.
Y sobre la superficie del agua turbia y oscura, como audaz vidente en trance, contemplando su terrible desgracia con la mirada vidriosa, se volvió hacia Camelot.
Y al terminar el día aflojó sus cadenas, y se tendió sobre el bote. La ancha corriente se la llevó muy lejos, la Dama de Shalott.
Tendida, con el vestido de nívea blancura flotando libremente a su alrededor, las hojas cayendo suavemente sobre ella, a través de los sonidos de la noche, navegó hacia Camelot. Y mientras la barca serpenteaba entre colinas de sauces y sembrados, la oyeron cantar su última canción, la Dama de Shalott.
Se oyó una melodía llena de congoja, bendita, cantada más alta, cantada más queda, hasta que su sangre se congeló lentamente, y sus ojos, oscurecidos por completo, se volvieron hacia la amurallada Camelot. Para cuando alcanzó, sobre la marea, la primera casa a orillas del río, cantando su canción, ella murió, la Dama de Shalott.
Bajo torres y balconadas, a través de galerías y jardines amurallados, una brillante figura, flotando en silencio, pálida como la muerte por entre las altas casas, se desliza dentro de Camelot. A los muelles salieron Caballero y Villano, Dama y Señor, y alrededor de la proa leyeron su nombre: La Dama de Shalott.
¿Quién es ésta? ¿Y que hace aquí? Y cerca, en luminoso palacio, se extinguió el sonido alegre de la Corte, y se santiguaron con temor todos los Caballeros en Camelot. Pero Lanzarote meditó durante unos instantes, diciendo: “Que rostro más hermoso, que Dios la tenga en su gloria a la Dama de Shalott.”.
Gran parte de la crítica interpreta que esta mujer, condenada a una existencia pasiva de contemplación, a la que se le prohíbe cualquier actividad relacionada con el mundo exterior, es una metáfora de la situación que vivía la mujer del siglo XIX: encerrada entre las cuatro paredes del hogar victoriano, y encadenada por el inamovible papel de respetada madre de familia. Aquella que se atreviera a desafiar estas estrictas reglas de conducta se exponía a la condena, burla e incomprensión de la sociedad. Según esta interpretación, con "The Lady of Shalott" Tennyson rompe una lanza, en clave medieval, a favor de aquellas pioneras del feminismo en avanzada. Otros consideran que Tennyson quería representar el dilema al que se enfrenta el Artisa –literato, músico o pintor- frente a sus obras. Cuando vives consagrado a tu propia creación, tienes dos opciones: una, caer en la tentación de dejarse absorber por ella, y permanecer en un mundo irreal e ilusiorio, o vivir "con los pies en la tierra".



Impresionante.
ResponderSuprimirMuy bueno el texto, y muy buena la posible interpretación para lo cual fue realizado.
ResponderSuprimirGracias por compartirlo !
La pintura de Lady of Shalott de Waterhouse, realmente me conmueve.